ILÓGICO

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No hay que ir buscando razones lógicas a todo, tenemos esa estúpida manía, incluida yo, tampoco hace falta dar a entender que es imposible engancharse a alguien en una semana, días e incluso horas. Hay cosas que ocurren porqué sí y sentimientos que afloran sin razón, no existen los imposibles y menos cuando se trata de amor. Pueden bastar minutos para sentir que algo se despierta dentro de nuestras almas, con tan solo una mirada o la proximidad de dos cuerpos, es alucinante y misterioso, pero es así y hay que asumirlo. A veces ocurre cuando menos te lo esperas y con quién no creías, pero ocurre, y no hay mucho que hacer.

A mí me ocurrió la primera vez que te vi sonreír, y de hecho fue a los pocos segundos de vernos, lo sentí y los minutos fueron pasando, entonces ya no cabía duda de que lo más probable fuera que me volvieras loca de remate. Efectivamente me volví loca, te pensaba durante todo el día, tenía esa necesidad constante de saber de ti, de hablar contigo, de contarte hasta la tontería más tonta. Quería compartirlo todo, sí, tenías razón, no te conocía suficiente, pero ¿quién marca los umbrales para decidir si es suficiente o no? Puede que yo sea más de las que se dejan llevar por lo que sienten, una de esas impulsivas aventureras que no piensan en lo que ocurrirá mañana, y aun pensándolo deciden guiarse por sus sentimientos.

Ahora que te me escapas como la arena entre los dedos, ahora que noto como te vas alejando, te echo de menos. Para ti seguramente será una gran gilipollez y me tomarás por una loca, pero es así, me muero de ganas de ti, y son tantas que hasta siento una pequeña opresión en el pecho, ilógica sí, pero tan real como tú y como yo.

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LA LLUVIA

Bajo aquella manta de terciopelo, color azul cielo, se resguardaba del frío y del mundo, hasta incluso de sí misma, con su imprescindible tazón de café con leche, tan caliente que si se lo acercaba demasiado se le empañaban los cristales de las gafas.

Acompañada de su novela favorita no se sentía sola, porque no necesitaba la compañía de nadie, ni de un televisor o de una radio, no quería nada que pudiera romper el silencio, ese que se sumaba con el dulce sonido de la lluvia, su sinfonía preferida.

Pese a estar perfectamente refugiada del mundo, no pudo evitar levantarse de su cómodo sofá para acercarse a la ventana, le encantaba ver como el cielo empapaba la ciudad de magia, la forma que tenia de despertar a todos aquellos que pese a tener los ojos abiertos seguían dormidos, aunque solo fuera para dejar claro que estaba lloviendo. Aquella tarde en la ciudad todos lo sabían, y los que aún no se habían percatado de ello en breves lo harían.

Llovía tanto que en los cristales del ventanal ya no podían apreciarse las gotas de agua y, sin darse cuenta, el tiempo fue pasando y el café al final se enfrió, estaba tan concentrada observando cómo la lluvia caía sobre la ciudad que se le olvidó pensar en él.

Cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, amó aun más la paz que le trajo la lluvia, tanto que no quiso perderla, se quedó observando el café frío y decidió recalentarlo. De nuevo, con su tazón bien caliente y su libro, se adentró en ese estado de paz del que no quería salir, desando que la lluvia no cesara.

Aunque la lluvia, como las personas o la paz, es efímera. Es por eso que siempre que llueve sonríe y se prepara para disfrutar de ella tanto cómo dure, como si fuera para siempre.